Renunciar a las cosas no es tan difícil: todo es ponerte a ello. Él renunció a la litera de arriba y luego a la de abajo, regaló el universo de fantasía que creía esencial y del cual era copropietario, confeti en todas las fiestas ofrecía sonrisas quitanieves con la luna de guardaespaldas; tenía razón, tal vez me estaba haciendo mayor, pero ¿no es esto lo que Dios nos manda? ¿No está ese cabrón recorriendo esta superficie vacía que es el mundo con cantaditas bajo la lluvia y todo su séquito de ángeles tiranos riéndose, felices tras el trabajo bien hecho?
En la cálida voz de entonces, mezclada con los amaneceres repletos de razones para vivir, en tu caligrafía que revolotea fundiéndose entre las luces de todas las navidades de mierda, queda la risa de un desconocido intentando estrangular la niebla sobre las vías del tren, queda alguna partida de ajedrez perdida y las batallas de chapapote. Tus manos limpian mis lágrimas, sabiendo que no será esto lo que pueda conmigo. En la cálida voz de entonces, sueño que sigo viva
En mis pensamientos hay una melodía muy suave sonando de fondo, la luz tenue. Cierro los ojos y la veo ahí, quieta y desnuda
Necesito una frase en la que confiar, frágil y fuerte al mismo tiempo
Apenas un esbozo de sombras que anuncian el esplendor de la tarde
Si abres tus abismos para mí, es que no hay error posible
Sintiéndome atrapada entre la ropa y el ruido