Le enseñaron a hablar las almas que pendían de un hilo y se deshacían dentro de puños violentos, se acostumbró al silencio, a la caricia del verdugo y aprendió que las heridas más dolorosas no sangran. Cuanto más crecía, su grito fue haciéndose más y más anónimo. Tengo unas palabras que cercenan mi cuello, ese no hacer nunca nada, nada…
Y lo dejamos dentro del vaso a medio llenar para que se empape bien de nuestra torpeza
La ternura me anestesia y me sonríe con alegría cuando la visto en miles de gestos y la desnudo en uno solo
Siempre el mismo y siempre diferente, sin desdeñar lo que fuiste, tan atrevido para estrechar mi mano como un amigo
Cuando intento multiplicar cada uno de los dedos que bajan por tu espalda
Buscando mil atajos para no llegar a ningún sitio y entonces notar tus manos rozando el borde de mis labios percibiendo la humedad y el deseo que se abre para ti
Renunciar a las cosas no es tan difícil: todo es ponerte a ello. Él renunció a la litera de arriba y luego a la de abajo, regaló el universo de fantasía que creía esencial y del cual era copropietario, confeti en todas las fiestas ofrecía sonrisas quitanieves con la luna de guardaespaldas; tenía razón, tal vez me estaba haciendo mayor, pero ¿no es esto lo que Dios nos manda? ¿No está ese cabrón recorriendo esta superficie vacía que es el mundo con cantaditas bajo la lluvia y todo su séquito de ángeles tiranos riéndose, felices tras el trabajo bien hecho?